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| Ubicación: Home>Cronología>Monte Aconcagua | ||||||
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Los
Andes Argentinos Refugio del Aconcagua Máxima Cumbre de Sud America. Relieve de Contrastes. Los Andes constituyen la
cadena montañosa más larga del planeta; ocupan casi la cuarta parte de
su circunferencia. Desde el mar de las Antillas hasta la Antártica suman
unos 7,500 kilómetros de extensión, cubriendo una buena parte del territorio
de países tales como Ecuador, Perú y Bolivia. Después de los Himalayas,
Los Andes son, además, la cordillera más alta, con cimas que bordean los
7,000 metros de altitud. Chile, con su singular geografía, posee un vasto territorio rodeado de montañas. La Cordillera de Los Andes flanquea ese país. Desde el altiplano norteño hasta las sureñas cimas húmedas de Tierra del Fuego. Unos 4,500 kilómetros longitudinales, aproximadamente, conforman los Andes chilenos, transformando a ese país, sin duda, en un país andino y montañoso. Solamente el 20% de la superficie corresponde a tierras planas; el restante 80% es terreno de altura. A diferencia de otros países andinos, los chilenos no cuentan con altiplanos en sus grandes montes. Esta condición montañosa de Chile trae consigo una serie de factores, tanto positivos como negativos, para sus habitantes. Por una parte, un relieve montañoso representa un lugar de reservas de nieves y aguas, además de la importancia minera. Por otro lado, la cordillera juega un importante papel en las condiciones climáticas de una determinada zona. Las mayores dificultades, derivadas de la topografía abrupta, implican un mínimo aprovechamiento agrícola de ese país. Asimismo, el relieve de la montaña es un serio obstáculo para las comunicaciones viales y ferroviarias, limitando así el establecimiento humano. Los Andes chileno-argentinos forman una cadena rectilínea, que se extiende a lo largo del borde occidental del continente americano, a una distancia promedio de 200 kilómetros de la costa del Pacífico. Acá se distinguen 4 regiones bien marcadas. La primera, la de los Andes del Noreste de Chile, noroeste argentino y sudoeste de Bolivia, con un eje montañoso de más de 600 kilómetros de ancho, formado por dos cordilleras: la Cordillera Occidental, en el límite chileno, boliviano, argentino, compuesta por los Nevados de Payachata, los Nevados Ojos del Salado y el Nevado del Sajama, del lado boliviano, cuyas cumbres sobrepasan los 6,000 metros de altitud. La segunda región está entre la región norte (Copiapó) y la zona de Santiago de Chile. Allí toma la cordillera un aspecto diferente. Desaparecen el altiplano y la actividad volcánica reciente. Las montañas lucen un aspecto masivo y elevado, con varios cordones que se suceden de este a oeste, donde se encuentran las cumbres mayores de América, incluyendo el Aconcagua en el lado argentino y el macizo del Mercedario-Alma Negra.
Finalmente, la cuarta región es el extremo sur de Chile y Argentina, donde el paisaje muestra una intensa acción glacial. En algunas partes se observan aún enormes campos de hielo que antes cubrían los Andes Centrales. Estos son el Campo de Hielo Norte, donde sobresale el Monte San Valentín, con 3,910 mts. de altura, y el Campo de Hielo Sur, que interrumpe la continuidad territorial hasta la zona de la "Última Esperanza", y donde se encuentra la famosa región de la Patagonia. Máxima Cumbre de America... El Aconcagua El Aconcagua es un ancho pedestal de sedimentos marinos elevados por presiones de choque de dos placas tectónicas. La montaña tiene dos cumbres, el norte (7,035 metros) y el sur (6,959 metros), ambas unidas por un collado de aproximadamente un kilómetro de largo (La Cresta del Guanáco). El Aconcagua, conocido también como "El centinela de piedra", sobresale imponente sobre las montañas que lo rodean, pues les sobrepasa más de dos mil metros de altura. Para el montañista esta cima significa enfrentarse con el peligro de la gran altitud y con un clima brutalmente inestable. En un cementerio cercano a su base, hay unas 70 sepulturas que contienen los restos de algunos de los montañistas caídos en esta montaña; el número total de las víctimas sobrepasa los 130, pero muchos de los cuerpos no se han encontrado. La cantidad de siniestrados en este coloso es similar a todos los caídos en algunas de las montañas más famosas de la Cordillera de los Himalayas. Nuestra Expedición El viernes 28 de diciembre nos reunimos en Santiago de Chile 9 mexicanos y yo. Por un buen azar, nuestros vuelos (originados en Guatemala y México) llegaron al aeropuerto "Arturo Merino Benítez" casi al unísono. Allí nos recibieron, con los brazos abiertos, montañistas del Club Águila Azul, quienes nos brindaron alojamiento en su sede social. Durante dos días compartimos experiencias con montañistas chilenos de diversos grupos. Al tercer día (1o. de enero) partimos hacia la montaña. Fuimos a la cordillera central de Chile, donde escalamos el Nevado San José, El Morado, a fin de efectuar ascensos de aclimatación; por tres días estuvimos trabajando alrededor de los 5,000 metros, luego regresamos a Santiago e hicimos las compras de los víveres que consumiríamos en los 15 días que pensábamos permanecer en el Aconcagua. De Santiago de Chile acia nuestro objetivo El domingo 6 de enero de 1991 partimos hacia nuestra meta, el Aconcagua. Cruzamos el túnel "Los Libertadores", de 10 kilómetros de largo, que pasando por debajo de los Andes une a Chile y Argentina. Llegamos hasta una pequeña y linda zona de esquí, llamada "Los Penitentes". El lunes 7 de enero, arribamos al lugar conocido como "Puente de Inca" (2,300 mts.), en las faldas de nuestra montaña, la cual aún no podíamos ver por completo.
El martes 8 de enero principiamos a caminar, a las cinco de la mañana, a la vera de la carretera asfaltada transcontinental. Cuatro kilómetros adelante entramos en el valle de Horcones (2,450 mts.). Nos acomodamos mejor las mochilas (70 lbs.), pues nos quedaban 22 kilómetros por caminar en ese día. El viento que, de tan fuerte, aúlla, nos obliga a inclinarnos hacia adelante para poder avanzar. Un par de horas después llegamos a la pintoresca laguna de Horcones. Aquí encontré a un arriero, que muy serio y viéndome a los ojos, me dijo: "Recuerda, muchacho... la montaña es aliada de los audaces que saben comprenderla y tumba de los imprudentes que la desconocen"; la frase se me grabó en el corazón. Poco a poco, laboriosamente, seguimos ganando altura, caminando al lado del caudaloso y helado río, hasta que llegamos (8 horas después) a Confluencia, lugar donde acampamos ese día. La noche fue de intenso frío, fuerte viento y oscuridad. La mañana siguiente, miércoles 9 de enero, aparecía excelente. El viento había aminorado. Avanzamos, por horas, a través de estrechos y rocosos senderos, hasta que entramos en una extensísima planicie rodeada de inmensos cerros; me sentía tan íntimamente pequeño en aquella inmensidad, pero a la vez muy en paz y tranquilo ante lo que la vida me deparaba. Adivinaba algo imponente, mágico, en los resquicios de los cerros y sus acantilados. Esa tarde, como a las tres, llegamos al campamento base llamado "Plaza de Mulas" (4,220 metros). En dos días habíamos ascendido 1,500 metros y caminado 43 kilómetros desde Puente de Inca. Por primera vez pude ver en toda su magnitud al Aconcagua... Era una inmensa mole la que se cernía sobre nosotros, mucho más grande de lo que jamás imaginé. En Plaza de Mulas encontramos gentes de las más diversas nacionalidades. De ellas, solo unas pocas intentarían ascender a la cumbre. La mayoría sólo venía a solazarse con el espectáculo montañoso. Esa noche conviví con el gran Claudio Lucero, insigne andinista chileno que fue el guía, hace 26 años, de la primera expedición guatemalteca al Aconcagua. Desde ese día compartimos con Claudio la aventura del ascenso. Aprendí mucho de él y le tomé mucho aprecio. El viernes 11 no salimos de las carpas hasta que el sol descongeló un poquito el ambiente (9 de la mañana). En ese día subiríamos a nuestro siguiente campamento: Nido de Cóndores. Repartimos el equipo colectivo (cuerdas, estufas, carpas), distribuimos la comida y cargamos nuestro equipo individual. A eso de las diez de la mañana principiamos a ascender por el tortuoso y empinado sendero; tratamos de mantener un paso constante y rítmico. En unas dos horas habíamos ascendido la ladera que nos separaba del desfiladero conocido como "Cambio de pendiente". Aquí el ascenso, aunque menos inclinado, se hace más difícil, por el encarecimiento de la disponibilidad de oxígeno. Principiamos a cruzar campos de nieve. Se intensificaron el frío y el viento. Por lo tanto, nos abrigamos con todo lo que teníamos. El frío calaba hasta los huesos (22ªC bajo cero), y eso que estábamos al mediodía y el sol nos daba de lleno; parecía como si la montaña nos estuviese advirtiendo lo que nos esperaba más arriba. Dos horas más y llegamos al sitio de campamento, Nido de Cóndores, a 5,500 metros de altura. Durante la noche contemplé un cielo lleno de estrellas como nunca lo había visto antes. Volví a ver la silueta de la cumbre y pensé en la cruz que se encuentra ahí... ¡qué deseos tenía de poder tocarla, de poder estar a su lado! El día 12 de enero despertamos tarde, bastante tarde (al mediodía); nos desayunamos unos excelentes espaguetis con salsa de tomate y albóndigas, completados con guisado de carne. Algunos de nuestro grupo estaban sufriendo dolor de cabeza; dos de ellos padecían visión doble. Decidimos esperar un día más en esta altitud, antes de intentar avanzar a nuestro próximo campamento. Había que darle tiempo a los compañeros para que se aclimatasen. Nos dimos, pues, un día de descanso y fraternidad internacional. El domingo 13 todos amanecimos bien. Por lo tanto, reiniciamos nuestra progresión en la montaña. Ascendimos hacia el campamento "Berlín" (6,000 metros); yo me sentía muy bien físicamente, y optimista en la brega por la cumbre. El ascenso es lento, la ladera muy empinada, el viento gélido (20ª bajo cero). Al mediodía llegamos a "Berlín" y armamos las carpas. Mexicanos, chilenos, bolivianas y este guatemalteco preparamos comida en conjunto, mientras Claudio Lucero nos da consejos para el asalto a la cumbre. Esa noche me sentí nervioso, la responsabilidad era muy grande. La bandera que portaba en mis hombros nunca había fracasado en alcanzar una cumbre. Me costó dormir; sentía la presencia de la montaña fuera de la carpa, dolorosamente cerca, como si alguien estuviese a mi lado y fijamente me observara. Lunes 14 de Enero de 1991... Dia de la Cumbre
Principiamos a avanzar. El viento nos azotaba, nadie hablaba, solo podíamos oír el rugir del viento, que traía fragmentos de hielo, los cuales se ensartaban en nuestras caras como agujas. A media mañana, llegamos al lugar donde estaba lo que quedaba del campamento "Independencia" (6,500 metros). Desde ese lugar, nuestro grupo (mexicano-guatemalteco) se separó de los chilenos, que venían más lentos. Cruzamos un acarreo de rocas y hielo. La fuerza del viento se intensificó, lo cual nos obligó a ir más despacio, con mucho cuidado, porque una caída aquí puede ser fatal. Llegamos al pie de la "canaleta" (6,800 metros). Esta consiste en un acantilado relativamente angosto, muy inclinado, de rocas sueltas y nieve, de unos 800 metros de largo. En este lugar, uno de los mexicanos decidió abandonar su intento de alcanzar la cumbre, porque sentía problemas para respirar. Nosotros proseguimos, cada paso costaba enormidades darlo, el ascenso dependía de nuestra fuerza física y de la voluntad para dar otro paso. Me olvidé de mi alrededor, sólo quería llegar a la cumbre, trataba de respirar lo más profundo que podía, pero me dolía el pecho del esfuerzo. De vez en cuando volvía la cabeza para ver la inmensidad de Los Andes. Todas las cumbres a nuestro alrededor ya se miraban muy abajo de nosotros, y me sentía tan pequeño y tan dichoso de estar allí; luchaba por quitar el delirio de mi cabeza, me concentraba de nuevo en la cumbre. Seguí adelante; de pronto me encontré con la saliente de roca, la escalé, y al levantar la mirada, allí estaba: ¡llegué a la cumbre!, la famosa cruz de latón y aluminio se hallaba frente a mí... ¡CUMBRE! ¡CUMBRE! grité. El viento había amainado un tanto, me agarré de la cruz con tal fuerza que por poco la arranco de su base pétrea. Luego, con mucha pena, la coloqué como pude de nuevo en su lugar, asegurándola con unas cuantas piedras. Me anoté en el libro rojo de registro y coloqué con profunda emoción una fotografía del padre Edgar Valenzuela, que nuestro compañero quetzalteco Jorge Rivera (con quien hace un año compartimos la conquista del monte Chimborazo) me entregó para que la dejara allí. Dejé también unos folletos del programa de "Cumbre a Cumbre", extendí orgulloso el pabellón nacional que habían confiado a mi cuidado y recogí un pequeño recuerdo que una expedición chilena había dejado en este lugar hace unos pocos días. Poco a poco llegó el grupo de mexicanos, compañeros con quienes compartimos tantas durezas antes de llegar a este lugar, y nos unimos en nuestra alegría y emoción. Pasé casi una hora en la cumbre. La recorrí por todos lados, gocé de la majestuosidad del paisaje, pero estaba consciente de que mi cerebro se hallaba sediento de oxígeno, y decidí bajar. Pensé en los momentos cuando había empezado mi ascensión entre pastos verdes, más de cinco mil metros abajo, y aquí me encontraba, en este lugar que no presenta ninguna señal de vida, pero que es el más alto altar del continente; me sentí orgulloso de ser guatemalteco y de haber logrado el éxito. Descenso Durante el descenso afrontamos una furiosa tormenta que borró la ruta por donde habíamos ascendido. Vientos fortísimos nos dificultaban caminar, teníamos que avanzar casi a "gatas".
El martes 15, nos costó salir de la carpa, pues estaba medio cubierta de nieve. Tuvimos que cavar un camino para salir. Principiamos a descender lo más rápido que podíamos, mientras la tormenta proseguía. Prácticamente, salimos huyendo del campamento "Berlín". La nieve nos llegaba más arriba de las rodillas. Al llegar a "Nido de Cóndores" ya el viento era menos violento y tampoco había tanta nieve. Continuamos nuestra retirada hasta el campamento base de "Plaza de Mulas". Al llegar allí seguía nevando, pero ya estábamos en un lugar un tanto más seguro. Esa noche fue de celebración, con vino chileno y la presencia de compañeros tan queridos y cabales como Raimundo Arciniega y Claudio Lucero. El Monte Aconcagua 1995... Conquistado Otra Vez Cuatro Años Despues... A la Cima de America Denuevo. En enero de 1995, tuve la oportunidad de escalar por segunda vez a la cumbre del Monte Aconcagua. Sin embargo, en esta ocasión las condiciones climáticas fueron totalmente diferentes, pues me tocó ascender en profundos campos de nieve floja, fuertes ventiscas y temperaturas aún más frías que cuatro años atrás. Salí de Guatemala el 6 de enero de 1995 hacia Santiago de Chile. Por algunos días me paseé por las pintorescas arboledas en las extensas avenidas de la histórica capital chilena, como tratando de recordar mi experiencia allí mismo cuatro años atrás, como tratando de percibir los cambios experimentados por esa culta y granada gente chilena durante estos años. Llegué a la conclusión de que en estos días la gente se ha vuelto más "consumista", pero con más ganas de trabajar por su país, el cual se encuentra en una etapa crucial para acelerar su desarrollo social y económico. Por mi parte, sigo en mi afán de organizar mi viaje hacia los Andes. Así pues, alrededor del 10 de enero tomo un autobús hacia el paso de frontera chileno-argentino conocido como "Paso de los Libertadores", caracterizado por un largo túnel que une a ambos países. De allí, se llega al pequeño poblado andino de "Puente de Inca", que está a apenas 13 kilómetros de la frontera, y es considerado el punto de partida para adentrarse en el famoso parque provincial de Aconcagua. Este poblado está a 2,700 metros de altitud, aproximadamente. En lo personal prefiero iniciar la caminata de acercamiento desde aquí, otros... no. En esta ocasión se padecieron pésimas condiciones climáticas. Fuertes ventiscas y copiosas nevadas me obligaron a permanecer en "Puente de Inca" poco más de dos días, lo cual fue una sorpresa enorme, puesto que se supone que el mes de enero es verano en esta región, pero fue una lección más que me daba la montaña: "Nunca pretendas saber todo sobre el clima y las montañas, aunque ya las hayas escalado una vez". En los subsiguientes días el clima fue mejorando, y me permitió llegar al campo base llamado "Plaza de Mulas", donde me sorprendió nuevamente el mal clima. Pasé cuatro días varado en ese lugar, bajo profusas tormentas de nieve. Esta se acumulaba hasta alcanzar un metro de altura en cuestión de horas, algo que solo había visto en los Himalayas. Sobre nieve muy floja y con extrema precaución, logré avanzar hasta la meseta de Nido de Cóndores. En mi primer ascenso al Aconcagua, este tramo del ascenso lo hice en cuestión de cuatro horas, pero esta vez fueron poco más de nueve horas, por las condiciones climáticas y la enorme cantidad de nieve acumulada en la montaña. Dentro mí pensaba: es la misma montaña, pero con un aspecto totalmente diferente. Y así siguió la lucha con ese impredecible y peligroso clima por las siguientes jornadas, hasta que el 20 de enero logré conquistar por segunda ocasión esa conocida cima. Bajo fuerte viento que impedía hasta razonar, toqué la ansiada cruz metálica por segunda ocasión, solo que ahora con mayor madurez y mayor visión. Muchas cosas han pasado en estos cuatro años; he caminado y escalado cientos de kilómetros, pero el amor, el ansia y el respeto por las cumbres no ha cambiado en nada. Solo que ahora la veo con mayor profundidad interna. La veo con el alma, como mi hogar temporal, que nos da posada solamente unos minutos para que veamos el camino recorrido y apreciemos lo difícil y maravilloso que es este bendito deporte de alta montaña, donde el único sonido que se escucha al llegar a la cima, es el silbido constante del viento al pasar a enormes velocidades por entre las rocas. Pero también se escuchaba el latir de nuestro corazón que nos dice: "lo logramos". No hay aplausos de nadie, no hay público viendo nuestro accionar... tan solo nuestro cuerpo, mente y alma ante la inmensidad que nos rodea, creada por Dios para nuestro deleite y para mostrar su grandeza.
Muchas cumbres he logrado conocer en estos cuatro años, y muchas aún faltan por conocer, pero en ese momento gozaba mi estancia a esa altura. |